Amor Verde

El día de él

Nubes oscuras
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Parece que hoy no hace un buen día; el cielo está cubierto por unas nubes negras. Acaba de empezar la mañana y ya habrán lluvias, genial, precisamente hoy que tenía una reunión importante. Suerte que el café nunca me abandona, todas las mañanas está conmigo, tan amargo como el día. Bueno, últimamente no sólo el café me acompaña por las mañanas… Vanesa sigue tumbada bocabajo en la cama.

No sé cómo puede dormir desnuda con el frío de ésta mañana, debería espabilar y encontrar un trabajo mejor que el que tiene: cuatro horas al día en una floristería, ya me explicarás qué clase de trabajo es ese y de qué le va a servir si apenas gana una miseria. Estoy cansado de verla vaguear todo el día, a veces me da la sensación que en vez de pareja tengo un perro, siempre esperando a que llegue y siguiéndome por todas partes, además de adueñarse de mi piso casi sin darme cuenta; parece una sanguijuela. Menos mal que tiene ese cuerpazo, si no ya estaría en la calle… Oh, mierda, me he vuelto a entretener pensando en tonterías, llegaré tarde a este paso. Me pongo uno de mis mejores trajes, cojo el paraguas y voy como una bala a por el coche.
El edificio donde trabajo es realmente impresionante, no por lo bello que pueda ser, si no porque te hace sentir totalmente insignificante a su lado.
– Buenos días Alex
– Buenos días, Vero -respondo mientras dejo mi abrigo en el respaldo del sillón. Verónica trabaja en el módulo conjunto al mío, siempre estamos charlando y tonteando. Desde el día que entré en la empresa que ella se me insinúa. Es muy espabilada, tiene un buen trabajo y además está muy buena, podría liarme con ella cuando me apeteciese, pero supongo que eso no estaría bien. De todos modos, el día que Vanesa me falle ya sé a quién acudir.
– ¿Te apetece ir a tomar un café luego? Tengo que contarte un sueño que he tenido esta noche donde salíamos los dos, y puedo asegurarte de que me he levantado con muchos calores -dice en todo sugerente.
– Oh… Claro, ya quedaremos luego, aunque tampoco estoy muy seguro de poder, tengo mucha faena atrasada…
– Oh, qué pena… Bueno, si me necesitas búscame -se marcha hacia la fotocopiadora. Me encantaría poder decirle que sí, que sí a todo, pero por el hecho de pensarlo me siento algo culpable. Aunque, si sopesamos a Vanesa y Verónica, está claro quién es la triunfadora y quién la fracasada.
Tras un rato, cuando más enfrascado estaba con la faena, mi móvil suena. En la pantalla veo el número de mi casa.
– Veo que ya te has despertado.
– Sí -ríe-, pero podrías haberme despertado antes de que te fueras, la casa es muy triste y fría todas las mañanas.
– No quería despertarte. ¿Ya has desayunado?
– Sí, aunque me he acabado el zumo. Después de mi turno iré a comprar y llenaré la nevera. Por cierto, tu nuevo pijama es muy cómodo.
– ¿Has desayunado con mi pijama? ¿Sabes lo caro que es?
– Bueno… No lo sabía, no lo he ensuciado, no pasa nada
– ¿Cuántas veces te tengo que decir que no uses mi ropa? Para algo tienes la tuya, y haz el favor de no cambiarme de sitio las cosas del comedor, que cada vez encuentro más trastos por casa.
– Lo siento, no sabía que te molestaría tanto… Sólo quería que la casa pareciera menos fría, ya sabes, un hogar acogedor.
– No quiero un hogar acogedor, quiero MI hogar, y no me hace gracia que hagas con él lo que te da la gana.
– Perdona…
– Vanesa, no empecemos, no me llores ahora, afronta las cosas como una adulta. Ahora te dejo, que tengo trabajo. -colgué antes de que respondiera. A veces me pone de los nervios, siempre queriendo cambiarlo todo, qué manía.
– ¡Hora de descanso! -se acercó Verónica- ¿Cómo vas con la faena? -la miré un segundo, estaba a punto de responderle que no, que aún tenía mucho que hacer, como siempre, pero Vanesa me había enfurecido tanto que decidí aceptar su propuesta e ir a hacer un café. Estuvimos hablando largo y tendido; Verónica es una chica muy elocuente, muy risueña y trabajadora, y también muy provocativa, debo añadir. Tras una acalorada explicación sobre sus sueños eróticos, fuimos a mi coche para regresar a la oficina, aunque antes de que pudiera arrancarlo mi móvil volvió a sonar y en su pantalla podía leerse que era el número de la floristería donde trabaja Vanesa, que no tiene dinero ni para comprarse un móvil propio.
– Hola cariño, ¿cómo estás?
– Vanesa, no deberías llamar desde el trabajo, si te pillan podrían despedirte.
– No te preocupes, tengo el permiso de la encargada, nos llevamos muy bien. ¿Y tú dónde estás? Es hora de descanso, ¿no?
– Ya sabes que yo nunca descanso, estoy en la oficina haciendo papeleo.
– Vaya… Deberías trabajar menos. Al menos no te mojarás, que ahora está cayendo una buena. ¿Te has llevado el paraguas?
– Sí, me lo he llevado, no te preocupes. Oye, ya nos veremos luego. -colgué de nuevo antes de que respondiera. En ese momento me di cuenta de que Verónica había puesto sigilosamente su mano en mi pierna y la iba subiendo lentamente. Aquello era demasiado para mí: en un coche solos y con el sonido de la lluvia de fondo, no pude resistirme. Me abalancé sobre ella al mismo tiempo que ella se abalanzaba sobre mí y empezamos a besarnos apasionadamente, a jugar con nuestras lenguas, a tocar sus pechos… Llevaba tanto tiempo deseándolo que ahora no podía detenerme. Abrí un momento los ojos y vislumbré por la ventanilla de ella un paraguas verde, inmóvil; No tardé mucho en percatarme de que era Vanesa, delante de una floristería, mirándonos fijamente con una expresión mezcla de indiferencia y tristeza. Tanto tiempo estando con ella y no tenía ni idea de dónde estaba su trabajo. No salí del coche, simplemente dije a Verónica que llegaríamos tarde y arranqué el vehículo. Cuando salí del trabajo fui directamente a casa, algo dentro de mí se retorcía, pero ella no estaba. Todo estaba exactamente igual, excepto su maleta, donde guardaba las cosas porque me ponía nervioso que usara mi armario. Se había ido. Pensé que no tardaría en volver, al fin y al cabo apenas tiene dinero, es una fracasada… Aunque ahora que lo pienso, nunca me había dado cuenta de que la casa era tan fría.

El día de ella

Un trueno irrumpe mi sueño. Hoy es un día lluvioso, y eso me gusta, la lluvia significa vida. Sonriente alargo el brazo para tocarle una vez más, pero no está. Todas las mañanas es lo mismo, siempre me levanto sola, me paso el día sola, y sólo hago que rogar que las horas pasen para poder volver a abrazarle. Pero él es amargo como el café. Me pongo su nuevo pijama: me encanta ponerme su ropa, huele a él, siento como si estuviera conmigo.

Tras el desayuno le llamé, pero se enfadó muchísimo por usar su pijama. Yo sé que no es sólo por eso, me considera una fracasada. Me siento tan inútil… He ido a muchas entrevistas de trabajo a sus espaldas, pero apenas tengo titulación, mi familia nunca ha sido adinerada como la suya y mi capacidad de estudio es muy limitada. Igualmente, me gusta trabajar en la floristería, es un trabajo reconfortante porque regalas vidas para que otras sonrían. Pero… No puedo evitar que me caigan lágrimas cada vez que él me grita, que me regaña… Le admiro tanto, no se da cuenta pero lo doy todo por él: mantengo su casa impecable, le hago la comida, lavo su ropa… Hago todo lo que está en mi mano para que algún día pueda no ser tan duro conmigo, valorar algo de lo que haga, valorarme. Seguro que si me esfuerzo por hacerle feliz lo hará.

Voy andando a la floristería; está algo lejos pero así me doy un buen paseo. Tras un rato, estaba podando cuando se me acercó la encargada.

– Oye, oye, Vanesa, ¿no es ese tu novio?

– ¿Eh? -me asomé al vidrio de la ventana- ¡Ah! Pues sí, sí que es, iré a saludarle.

– Espera, espera, ¿quién es esa que va con él?

– Será una compañera de trabajo.

– Yo no me fiaría, a los hombres si una se les pone a tiro da igual si es compañera y tienen pareja.

– No digas eso, él no es de esa clase.

– ¿No? Llama y pregúntale dónde está.

– De acuerdo. -le llamé, decidida a probar que ella se equivocaba, pero no sé por qué me dijo que estaba en la oficina. Las palabras de la encargada empezaron a resonar en mi cabeza, así que decidí salir a saludarle y demostrar que no era una mujer paranoica y que él era un hombre fiel. No pude dar más de cuatro pasos, quedé como una estatua bajo un paraguas verde, observando cómo se iban devorando mutuamente de una forma sexual y apasionada, hasta que él se dio cuenta de que los miraba y arrancó el coche. Ni siquiera ha salido a darme explicaciones. ¿Era él un triunfador? pudiera serlo, pero… Me da tanta repugnancia. Lo he dado todo por él. Tal vez no mi dinero, ni mi piso y lujos, pero le di mi amor, mi vida, y lo ha tirado como si fuera un trapo. Pues a este trapo no lo volverá a ver. Volví a su casa, cogí mi maleta y me fui; eso es lo práctico de un novio que no quiere nada tuyo, que siempre estás preparada para marchar.

Paraguas verde
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