El Bosque encantado de las Hadas

Bosque de fantasía

Hace quinientos años gobernaba sobre estas tierras un rey justo y bondadoso, pero algo llevaba arrastrando tras de sí y sería su perdición.

Cuando el rey era un joven príncipe, poco le interesaba el oficio de su padre y, como siempre distraído, iba a menudo a pasear por el bosque de las hadas que, como el nombre indica, estaba habitado por muchas de ellas. Contrariamente a la creencia popular, también habitaban hadas varones, y de vez en cuando niños, aunque eran una raza muy celosa y los guardaban de extraños hasta que tuvieran más edad. Algunos hombres temían adentrarse en ese bosque, pues aquél que ose maltratar siquiera un árbol, sufriría la peor de las muertes: un hada se apoderaría de su mente y la torturaría de tal modo que ese mismo hombre que dañó el árbol se quitaría la vida. Era un bosque encantado, flotaba en él una extraña atmósfera que, o bien te inquietaba, o te relajaba sin motivo alguno. Los árboles, al crecer, de sus hojas brotaban pequeñas luces que iban flotando hasta llegar al suelo, donde morían. Pero también la gente temía a las hadas por otra razón: ellas ya habían muerto. Tenían una forma humana etérea, y eran ligeras como plumas al moverse, siempre calmadas y reposadas, a veces tenían luz propia. Eran almas de gente santa e inocente que había sufrido muertes atroces y que, en un intento desesperado por mantenerse en el mundo humano, su alma se materializó en hada. Pueden vivir eternamente, pero todos desconocen su propósito. Eran criaturas en las cuales no puedes confiar; si te ayudan, lo harán con algún fin retorcido, ya que ellos jamás han necesitado ayuda de nadie, no pueden morir.

Pues bien, el joven príncipe no temía entrar en ese bosque, iba allí a relajarse y tumbarse plácidamente. Le encantaba ver a las hadas pasear, las veía hermosas y no creía que hubiese nada que temer.

Un día, él estaba en uno de los arroyos de ese bosque, cuando vio a un hada triste sentada en el pie de un árbol. El joven se extrañó, puesto que normalmente todas las hadas sonríen y son felices, así que el joven se acercó a ella y le preguntó qué le ocurría, y así empezaron a entablar una conversación. La hada, era de tez blanca como la nieve, pequeña nariz, labios carnosos y ojos grandes y azules como el profundo lago; tenía el cabello largo hasta casi las rodillas, rubio y ondulado, y su figura era esbelta, parecía que si la tocabas se rompería. Esa hada le explicó que hacía pocos años que había muerto y echaba de menos el mundo humano, estaba cansada de vivir en el bosque, parecía no llevarse bien con el resto de hadas, algo poco común, pues suelen aceptarse enseguida. Al joven, mientras hablaban, le pareció que su personalidad era la de una mujer y no un hada y se compadeció de ella. Así que, desde entonces, el joven iba cada día y siempre que podía al bosque de las hadas para encontrase con ella y le enseñaba pequeños objetos de su grandiosa ciudad.

Y ese fue su primer error. Tal vez vosotros no lo sepáis, pero aquí tenemos una norma: jamás hables con un hada. Todos los hombres que lo han hecho han acabado embrujados y dependiendo totalmente de ellas, o incluso un hombre de un hada varón, haciendo todo lo que ésta le pidiese, siendo su sirviente, y cuando el hada se cansaba de jugar, le arrancaba los ojos y convertía al humano en árbol, para tener más decorado el bosque.

Siguiendo con la historia, el joven príncipe cada vez tenía más ganas de verla, esperaba ansioso el momento en que cada día bajaba al bosque. El hada parecía cada vez más ilusionada, y esperaba con cada menos paciencia a que él volviera. Y siguieron así hasta que el príncipe acabó totalmente enamorado de ella y no podía soportar la idea de que ella estuviera tan cerca y a la vez tan lejos de él, así que un día la convenció para que abandonara el bosque y fuese con él a la ciudad.

Cuando llegaron a la ciudad, todos estaban incrédulos: siempre habíamos pensado que si un hada salía del bosque moriría sin reparo. Pero no, allí estaba, cogiendo de la mano al joven príncipe que le enseñaba la ciudad, mientras todos cuchicheaban al ver tal acto. Pronto el hada empezó a sentirse incómoda, notaba que todo el mundo hablaba sobre ella, y no bien precisamente; se sentía tan mal que hubiese preferido quedarse en el bosque unos años más, pero el joven príncipe estaba tan ilusionado que ella no se atrevió.

El príncipe la llevó ante su padre, quien no pudo más que escandalizarse y decir que la llevase de vuelta al bosque. “No somos enemigos de las hadas” decía el rey “pero tampoco aliados, y trayéndola aquí sólo provocarás su cólera. No quiero ninguna guerra en mi ciudad, así que llevadla de nuevo al bosque”. Pero el joven príncipe no se rindió, no sólo la escondió en una casa de la ciudad, si no que más tarde paseaban públicamente y luchaba para que su padre la aceptara y le dejase tomarla por esposa.

Tras unas semanas, la hada intentó también convencer a su joven amante de que lo mejor era volver, que no quería causarle problemas, pero él se negó rotundamente. Hasta que un día, mientras estaban tumbados a orillas del rio de la ciudad, apareció un ejército de hadas que venían en su búsqueda. El que parecía dirigirlos, un hada varón, dijo: “No queremos pelear contra vosotros, si no el bosque se quedaría sin visitantes y sería aburrido, pero lo haremos si no nos devolvéis lo que al bosque pertenece” y miró a la joven hada, asustada, pues parecía que no sabía que eso pasaría. El rey, acompañado de numerosos soldados, intentó convencerlos que no había sido idea suya y que con mucho gusto podían llevársela. El príncipe se horrorizó con la idea de perderla y se negó. Las hadas empezaban a perder la paciencia cuando la joven hada interrumpió diciendo que iría con ellos. Entonces, el mismo hada varón que habló antes le dijo: “No podrás volver a salir del bosque, y tu joven amante no podrá volver a entrar. El bosque está abierto a todo visitante excepto a él. No queremos a ningún amante rabioso hijo de un rey rabioso” esto último lo dijo con prepotencia.

La joven aceptó, pues lo último que quería era que hirieran al joven príncipe, y así, las hadas abandonaron la ciudad sin ocasionar más disturbios. Por otro lado, el rey tuvo que encerrar a su propio hijo durante casi un mes para que no corriera tras ella, y a través de los barrotes intentaba convencerle de que sólo era un embrujo, que le había engañado, que habría acabado siendo un árbol.

Tras un mes y una semana, el joven volvió a respirar libremente en la ciudad, mentalizándose que jamás la volvería a ver.

Los años pasaron, el rey murió más pronto de lo previsto y su hijo, esta vez con la cabeza sentada, ocupó su lugar. Se convirtió en un buen estratega y en un buen rey. Se casó con una joven princesa de unas tierras vecinas a las cuales siempre había enfrentamientos, y con esa boda apareció el comercio entre ambos reinos y la paz. En esos tiempos de paz, la joven reina dio a luz a un hijo sano, pero poco pudo disfrutar el rey de su paternidad, pues acababa de ser declarada la guerra de nuevo con otro reino.

Tras cuatro años de duras batallas en las que el rey era partícipe por propia voluntad, una flecha le alcanzó en el corazón a mitad de la batalla, pero no murió, continuó luchando hasta que la ganaron y así se hicieron vencedores y conquistadores. Sin embargo, el rey notaba que eran sus últimas horas y se fue cabalgando hasta su reino para ver a su hijo una vez más antes de morir.

Pero  por el camino visualizó algo que le era muy familiar: era el bosque de las hadas, y al verlo, le invadió un gran sentimiento de nostalgia y amor y, sin poder controlarse, entró a toda prisa en su interior.

Buscó por todo el bosque a lomos de su caballo, las hadas que lo vieron fueron a correr la voz para avisar a su líder. Pero el rey no se detuvo por nadie, y tras mucho buscar, volvió al arroyo donde la encontró por primera vez, y allí estaba ella, sentada exactamente igual a pie de árbol, con la mirada triste y perdida. El joven rey bajó de un salto como pudo y se acercó a ella. Ella al principio se asustó, puesto que habían pasado años y su joven príncipe ahora era más adulto, con larga barba y melena, y sin embargo, ella seguía exactamente igual.

El rey se acercó todo lo deprisa que le permitió la herida, con una mano agarrándose el pecho y le dijo a la joven hada: “No podía morir sin volverte a ver, jamás te he olvidado”. El hada emocionada, con lágrimas en los ojos, se acercó a él con los brazos extendidos, y cuando estaban a punto de tocar sus manos, apareció el líder hada y lo convirtió en árbol. “Estúpido, te dije que no volvieras” dijo en tono casi burlón. La joven hada miró incrédula el árbol, y cuando pudo reaccionar, se sentó a sus pies con lágrimas en los ojos diciendo “jamás me moveré de aquí”. El líder hada la miró de reojo y le contestó: “siempre dices lo mismo y siempre acabas moviéndote. Siempre que muere alguno te sientas a los pies de su árbol hasta que aparece otro. Tienes una forma extraña de amar…”

Hada
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Y ese, jóvenes aventureros, era el juego de la joven hada. Que os sirva de lección para que no os fiéis nunca de nadie, sea persona o no.

 

Narrado en un sueño

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