Eduardo, un bicho raro

Adolescente estresado, un bicho raro
Photo

Suena la sirena y se forma el caos para salir de clase, todo el mundo se apelotona en la puerta y en los pasillos. Yo voy detrás, bastante detrás de ellos; no me apetece nada llegar a casa con medio pulmón menos. Todos me miran como si fuera un bicho raro, todos excepto los que también son denominados “bichos raros”, en otras palabras, que por uno u otro motivo se diferencian del resto del rebaño de ovejas. Es patético ver cómo forman sus grupos; unos son los “macarras”, luego está el payaso de clase, la chica obesa con gafas que le ha tocado vivir un infierno de burlas incesantes… Vaya, hay de todo estereotipo, y la mayoría de ellos no se salvan de ser borregos. Me cojo a las asas de la mochila, algo cabizbajo, e intento salir desapercibido del edificio. A la salida, nada más alzar la vista, veo a Sara, la única chica que me ha tratado mínimamente bien desde que entré en el instituto. Es una buena persona, y además está muy buena, todo hay que decirlo, pero jamás se fijará en alguien como yo, hace tiempo que pienso en ella sólo como un amor platónico, y jamás sabrá lo que siento, aunque supongo que lo sospecha porque cuando me mira me ruborizo. Sigo adelante, paso por su lado, embriagándome en su aroma, y paso de largo. A unos pasos está Alberto, uno de mis mejores amigos.
– Eduardo, si vas más lento verás cómo envejezco.
– Qué gracioso
– Pero, tío, ¿ya comes? Eres altísimo y estás como un puto palo, pareces uno de esos del África que pasan hambre. Joder, macho, qué asco.
– Y tú como siempre tienes un refinamiento exquisito a la hora de hablar. ¿Qué quieres que le haga? es mi metabolismo, ya ves los atracones que me pego.
– Sí, comes más que yo, y yo estoy que un poco más y para luchador de sumo.
– Eres demasiado tapón para eso -reí.
– ¡Rubén, tío! -se acerca un colega bajo y delgado – Esta tarde partida, ¿no?
– Qué va, tengo que estudiar, como no apruebe el examen del jueves mi padre me mata.
– Anda, tío… -insistía Alberto- Que Eduardo se ha currado mucho la historia esta vez, lleva días con ella, llama a Marcos y pasamos una buena tarde los cuatro.
– Uff, con Marcos tampoco cuentes. Desde que se echó novia nosotros vivimos en una especie de mundo paralelo. Ya sabes, dos tetas tiran más que dos carretas.
– Jodido suertudo… Siempre que tiene novia pasa de nosotros como de la mierda, estoy hasta los cojones.
– Ya, y yo… Pero bueno…
– En fin, que nos dejáis en la estacada, ¿no? ¡Anda y que os den!
– Alberto -interrumpí-, cálmate, no pasa nada, otro día jugaremos, tranquilo.
– Pero es que me jode mucho -proseguía-. Por una vez a la semana que quedamos y… y no quedamos. ¿Sabes qué pasará? Que nos iremos distanciando.
– Tranquilo, mira… En vez de hacer partida el martes podemos hacerla el viernes o el sábado.
– Esos días Marcos se estará cepillando a su novia.
– Ya hablaremos con él… Bueno, Rubén, ya nos veremos o pierdes el autobús. Vamos Alberto.
Siempre vuelvo a casa con Alberto, vive relativamente cerca. La verdad es que a veces es un tipo algo cabrón, es decir, que cuando no consigue lo que quiere o lo que cree que debería, se cabrea. Además, él es un tipo que el diez por ciento de lo que dice son palabras sensatas, mientras que el noventa por ciento son insultos y palabras malsonantes. No tiene remedio. Aún así, no es mala persona, simplemente que su hogar es un nido infernal con padres y hermanos insultándose continuamente, pero en el fondo, muy en el fondo, Alberto es un buen chico. Marcos es un buen tipo, pero cuando agarra a una chica olvídate de su amistad, y Rubén, bueno, es majo, pero no somos muy confidentes, y ahí se acaba la lista.

Tras despedirme de Alberto por fin llego a casa. Parece que está vacía, sin embargo, se oye un murmullo a través de las paredes. Pongo la oreja en la puerta de la habitación de mis padres mientras me mordisqueo el nudillo, una tonta costumbre que tengo desde niño. Oigo a mi madre murmurar, no consigo entenderlo todo, oigo palabras sueltas. Está hablando mal de mí, lo sé, siempre habla mal de mí, me odia. Oigo que se acerca a la puerta y me separo rápidamente y voy al comedor.
– ¡Eduardo! -entra en el comedor- Te he visto venir desde la ventana.
– ¿Y?
– ¿Cómo que “y”? ¿Qué te he dicho de ir con ese chico?
– Mamá, Alberto es mi amigo desde que empecé la primaria, no voy a dejar de hablarle porque tú me lo digas.
– Es una mala influencia, es raro, por eso tú eres así.
– ¿Qué estás insinuando?
– Ya lo sabes, te lo he dicho muchas veces. Es por culpa de esa gente con la que te ajuntas por lo que eres así de… rarito.
– Mamá… Si me junto con gente así es porque yo soy así. Punto.
– Eduardo, no me respondas así, ¿me oyes? Quiero que esto termine, no quiero que cuando vuelva a hablar con tu tutor vuelva a oír que eres un marginado en clase. Además, no me gusta nada esos juegos que te traes con tus amigos, mira las noticias si no, el rol es muy peligroso.
– Por favor… A rol juegan millones de personas, porque a un par se les vaya la pinza no significa que sea culpa del juego, si no que esas personas en concreto ya tenían algún trastorno.
– Me da lo mismo, no quiero que te vuelvas a ajuntar con esa gente. Podrías parecerte a tu hermano, está en la universidad, es sociable, tiene muchos amigos, novia…
– Y cada fin de semana pilla tal borrachera que acaba vomitando sobre el escote de alguna con la que estaba engañando a su novia.
– No hables mal de tu hermano, haz el favor. Que beba un poco no quiere decir nada.
– ¿Prefieres que me emborrache a que juegue con mis amigos a rol? Esto es increíble. Mira, estoy cansado, muy cansado, no haces más que juzgarme, pero, ¿me conoces? ¡No! Pasas de conocer a tu hijo porque te da grima su aspecto. Aquí la única horrible eres tú, ¿me oyes?
– Mira… me voy a hacer la comida, ya te espabilarás.
– Bien… -me desplomo en el sofá. Casi nunca me rebelo a mi madre, y mucho menos a mi padre, él ni siquiera me mira, podría decirse que así es un día normal de un bicho raro, tal vez.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *