Historia de una mujer

madre abrazando a su bebé
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La casa estaba a oscuras. Sólo podían oírse sus llantos. Maya estaba llorando. Sus lágrimas espesas se derramaban por sus mejillas como gruesas perlas transparentes y sus enrojecidos ojos reflejaban el sufrimiento y el dolor sufrido hasta ahora. Un dolor superior a cualquier otro. Un dolor horrible, aterrador. El dolor de haber visto morir a un ser tan querido como su propia alma.

Aquella misma mañana su marido había vuelto bebido a casa  y le había gritado. Maya estaba harta de sus gritos y amenazas y, solo esa vez, la única vez, también le gritó. Pablo, cegado por la rabia y con la ira reflejada en sus ojos se dirigió al cuarto de David, el hijo de ambos, de dos años y medio de edad, rubito como un ángel, en esos momentos dormido, sin saber que ésa era la última vez que dormiría, sin saber que, tras ese sueño, ya no más soñaría.

Maya estaba sola, solita en la oscuridad de la noche, la aterradora primera noche sin su pequeño. Pablo se había ido. La había dejado también sola y Maya no dejaba de llorar y llorar… Tan grande era su desespero… tenía ganas de morir. Su hijo había muerto y todo el mundo la culparía a ella. Todo.

Se sentía la más desgraciada de todas las mujeres, pues ver morir a un ser que amas es espantoso, mas que sea en manos de aquel hombre en que confiabas y amabas… es peor.

Estaba aterrada. Miula, su gatita, se acercó con sigilo a su vera, para consolarla, sin saber bien bien lo que le pasaba.

Dentro de la cabeza de Maya sus constantes vitales comenzaron a disminuir.

Su cerebro quería dejar de existir. Quería anular como fuese ése mal recuerdo y despertar al día siguiente con David a su lado, con esa sonrisita tan dulce y esos ojitos marrones y amables, quería despertar con su hijo en brazos dormidito y su marido a su lado cantándole, como antaño habían hecho. Se negaba a aceptar que David se había ido de su lado para siempre, que el cuerpo, ahora frío y sin conciencia, de su pequeño nunca jamás volvería a despertar… jamás.

Cuando al día siguiente la policía encontró el cuerpo del pequeño infante y a ésa pobre mujer tirada en el suelo, destrozada y en estado de shock, no supo qué hacer. No supo cómo reaccionar. Era una visión terrible… Helena, la más jovencita de los policías se arrodilló junto a ella y la abrazó. No sabía con certeza qué había pasado pero su intuición le decía que esa mujer necesitaba ayuda.

Maya la miró con los ojos hinchados y con la fatiga reflejada en la cara y, en ese momento, al ver a Helena mirándola, se derrumbó. Al fin ocurrió. Su cerebro se negó a oír nada y se cerró. Maya no quería vivir sin su hijo, sin su tesoro más grande y dentro de su cabeza, aún lo veía ahí… jugando con los coches en el aparcamiento de juguete y citándola a que jugara con él. Maya era feliz, ahí, dentro suyo, él volvía a estar vivo y su marido con ella…Como una familia.

En la autopsia del pequeño salió que habían salido marcas de estrangulación y un fuerte golpe en la cabeza producidas, seguramente con el canto de una ventana. Ésa ventana en la que el pequeño miraba para ver las nubes y fascinarse con los aviones.

Maya al fin logró salir adelante pero jamás lo olvidó. ¿Cómo olvidarlo? Nunca. Su cerebro nunca olvidaría la infernal mañana del día 17 de octubre en que su marido le arrancó la vida a su hijo. Jamás.

Nerea Cuevas Vidal

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