El hombre del tren

Tren
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Un hombre está sentado en el vagón de un tren, llora, saca un trozo de papel del bolsillo, lo mira, llora con más fuerza. El tren se para. Miro por la ventanilla; todavía queda un rato hasta mi parada. Observo de nuevo a ese hombre; tiene una expresión tan triste… nadie del tren lo ha notado, ni siquiera lo han mirado, pero ahí está, sentado y llorando, como si el corazón se lo hubieran arrebatado. No es hora punta, por lo que hay bastantes asientos vacíos, pero me gusta esperar de pie, así puedo observar a través del cristal a los demás viajeros, miro sus rostros e intento adivinar su historia, intento adivinar cómo prosigue su vida una vez bajan de este tren. Me acerco disimuladamente. El hombre no ha dejado de llorar y ahora agarra ese papel con mayor fuerza. Lo miro detenidamente durante unos segundos y entonces decido sentarme en un asiento vacío que está a su lado izquierdo. El hombre apenas se ha percatado de mi presencia. Bajo el volumen de los auriculares hasta no oír más que el tren y los finos gimoteos del hombre que tengo a mi lado. El hombre, aún lloroso, despliega la hoja de papel y vuelve a leerla. Aprovecho y miro por encima de su hombro para intentar leerla:
“He vuelto a cambiar de domicilio, esta vez no podrás encontrarnos. No volverás a saber de David y de mí.”
También parece haber una firma, pero la tapa con su pulgar. El hombre gira la cabeza y parece que le da un sobresalto; se ha dado cuenta de que estaba leyendo la nota. Vuelve a doblarla y la presiona con sus manos. Hace ver que no me ha visto o que no le importa.
– ¿Sabe? -empiezo a hablar- mi padre solía decir que no vale la pena llorar cuando algo no se puede cambiar, es mejor buscar otro camino más viable.
– ¿Y a mí qué me importa lo que dijera tu padre? -alza su mano para dar más énfasis a la frase.
– Me llamo Roberto, ¿y usted? -le digo mientras le cojo la mano que ha alzado.
– Ma… Manuel
– Es un placer, y, dígame, Manuel, ¿qué hace un hombre de su edad llorando en un día tan soleado como hoy? Aunque sospecho que esa nota tiene algo que ver.
– Tú ves muchas películas, ¿no, chico? -se seca las lágrimas con la manga.
– No demasiadas, la verdad.
– Ya… -queda pensativo- Es… Es mi ex mujer, no hace más que alejarse de mí. Yo quiero arreglar las cosas, pero ella… ni siquiera deja que vea a nuestro hijo. Y ahora me hace hacer este viajecito, hay que joderse…
– ¿A dónde le hace ir?
– Me ha denunciado, pero no es lo que crees, nunca le puse la mano encima, jamás lo haría, ni a ella ni al niño, los quiero demasiado.
– Entonces… ¿por qué, según ella, le ha denunciado?
– Le grité… Es que a veces me pone muy nervioso, siempre va a la suya, no me cuenta sus cosas, parece que le guste hacerme enfadar, no me tiene ningún respeto.
– ¿Sólo por gritarle? -frunzo el ceño algo incrédulo.
– Sí, bueno, alguna vez he roto algún mueble de la cocina… ¡pero nunca le he puesto la mano encima! Yo creía que estábamos bien -empiezan a caer lágrimas de nuevo de sus ojos-, pero un buen día, ¡PAM!, me trae los papeles del divorcio. Pero, ¿por qué? ¿Tú lo entiendes? Si nos queremos, ¿por qué iba a hacer eso?
– … Sé que suena duro, pero, ¿está seguro de que ella le quiere?
– Sí, claro… Tiene que hacerlo, yo le quiero.
– Ahá… -miro a otro lado; él vuelve a leer la nota, una y otra vez. Intento ponerme en su punto de vista, pero su desconcertante mirada me imposibilita pensar algo positivo sobre él, y me hace recordar a cuando era pequeño y vivía con mis padres. Antes que el cáncer acabara con la vida de mi padre recuerdo haber sido muy feliz, tenía sus enfados, y algún golpe sobre la mesa, pero era un hombre racional y bueno, no eran muchos los gritos que se oían en casa. El tren se detiene, el hombre se levanta y baja al andén. Claro, cerca están los juzgados. A mí todavía me quedan dos paradas, pero veo una anciana contando monedas unos asientos más adelante. Tiene una sonrisa entrañable, parece una buena persona. Me acercaré a ver qué me cuenta…

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