Los hijos

Niño jugando bajo la lluvia
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Siempre creemos saberlo todo de ellos, al fin y al cabo, todos lo hemos sido. Pero, ¿qué significan para nosotros? Cada uno de nosotros tiene una perspectiva diferente del tema, aunque parecidas, y a la vez diferentes de las que se tenían antaño.

Para algunos significan felicidad, maternidad, aprendizaje, legado, amor. Para otros significan carga, atadura, infelicidad, pobreza, miedo. A veces se entremezclan, contradiciéndose incluso en algunos puntos. Todo esto a muy grandes rasgos de lo que suele ser lo común.
Para mí, los hijos significan dos cosas: esperanza y responsabilidad.

 

Imaginemos ahora una escena:

 

Vas a la despedida de un familiar, inerte en su ataúd. Supongamos que no es un familiar muy allegado, pero no le deseabas ningún mal. Lamentas su pérdida. Ves cómo el ambiente se va llenando de familiares y amigos, la mayoría más mayores que tú, que no eres precisamente ningún jovencito. Os miráis entre vosotros, y ves cómo se miran entre ellos: no solamente sienten pena por el difunto, si no porque esa clase de eventos son prácticamente los únicos que siguen reuniendo a la familia, cada vez menor. Sin darte cuenta, piensas en quién será el siguiente en caer. Y, quizá yendo un paso más allá, te percatas de que una pequeña parte de ti se alegra de que tu familia vaya desapareciendo, mientras no sea la más cercana. Ello te hace sentir mejor porque habría menos de lo que pensar o discutir, y a la vez te entristece que puedas sentir algo así. Es en ese momento cuando aparece en escena un niño, ajeno a tanto dolor y a esa clase de pensamientos. Te sonríe y, sin darte cuenta, tú también lo haces, sintiéndote de alguna forma más aliviado. Es como si un rayo de luz llegara a ese oscuro lugar recordándote que también existe la vida. No piensas mucho en su futuro, cuando su mirada se turbe como la tuya, si no más bien en tu pasado. Recuerdas el niño que fuiste, recuerdas momentos pasados que fueron duros y tú no los pudiste percibir igual, y todo tu alrededor te devolvía la sonrisa.

 

Esa es la esperanza. En un mundo donde todo envejece y muere, ellos viven y dan vida a su entorno.
Sin embargo, la segunda parte no parece tan idílica. La responsabilidad es algo que no todo el mundo está dispuesto a aceptar, y, aunque a algunos se lo pueda parecer, eso no es algo malo.

 

Para entenderlo es necesario viajar de atrás hacia adelante.

 

Antiguamente no se planteaba demasiado sobre los hijos. Se debían tener: como legado, como ayudantes… como fuera, pero se debían tener, y se añadía la dificultad para que éstos sobrevivieran hasta la edad adulta. Plantearse no tenerlos estaba fuera de lugar(aunque muchos lo pensaran) simplemente porque eran necesarios, así lo dictaba la sociedad. No importaba cuán pobres fueran las familias.

 

Hoy en día, cuando piensas en tener un hijo piensas que antes necesitas un hogar, y dinero para su cuna, cochecito, ropa, la guardería, el colegio, libros, calzado, juguetes, extraescolares, dentistas, casales de verano… Y guardar por si hay alguna emergencia. En resumen: se quiere lo mejor dentro de nuestras posibilidades, por darle una vida digna.

 

Pero, ¿qué es realmente una vida digna?

 

No nos parece digno aquello que nos coarta, y un hijo puede, de alguna forma, hacerlo. Si no se le puede dar todo, tanto como para que sobre para nosotros, podemos sentir ahogo(a no ser, claro, que seas de esas personas que disfrutan enormemente de esa tarea).

 

Y eso es porque ésta es la época del Yo. No es que el ser humano nunca haya pensado en sí mismo, para nada, pero lo hacemos de algún modo diferente, porque podemos, porque hemos avanzado, y ello nos ha llevado a la época de la autorealización, en la que sientes que no necesitas a nadie más que a ti mismo. Y eso está bien, pero, ¿es lo que sentimos o lo que creemos sentir? ¿es incompatible realizarse con tener una familia?

 

Nos hemos criado con sentimientos contradictorios, con enseñanzas del pasado que hablaban de estabilidad laboral de por vida, de bodas e hijos, de instalarse felices en una casa y echar raíces como si toda la vida ya estuviera resuelta, y, a la vez, el entorno y la tecnología nos ha hecho ver otras cosas, ver lo importante que es mimarse a uno mismo gastando en miles de caprichos y cuidados para satisfacernos y hacernos creer que necesitamos mucho más para vivir. Nos gusta tanto esa sensación, la de poder decidir sin ataduras en qué gastar o invertir nuestro tiempo y dinero que no queremos lo demás, pero a la vez nos sentimos mal por ello.

 

Es así como llegamos a un punto que no sabemos qué es lo que realmente queremos y, si tomamos una decisión poco convencional, preparar miles de excusas para poder debatirlo con los demás y sentirnos mejor. Por ejemplo, comparemos a una persona que no quiere tener hijos con una persona que no quiere tomar postre:

 

Todo el mundo le ha hablado genial de los postres de ese lugar, pero ya se siente satisfecho con el plato anterior. Lo normal es que diga: «no, estoy bien como estoy«, y, a pesar de la insistencia de su acompañante, repetirá «no, no quiero. Estoy bien así«. El acompañante tendrá que aceptarlo, le guste o no.

Pero, ¿y si se sintiera mal por decir que no quiere el postre? Podría haber dicho «no, no quiero postre porque no me quiero engordar y me da náuseas. Además, está comprobado que una persona sin postre es más feliz porque duerme más reposado«, por ejemplo, y seguir sacando más frases del repertorio a cada nueva insistencia. Quizá sí que piensa eso acerca de los postres, o quizá se ha forzado a pensarlo porque necesita creer que hay más razones para no quererlos que la de, simplemente, no apetecerle porque se siente bien sin ellos, más relajado.

Las personas arraigadas a las costumbres o que no han visto otra cosa pueden no aceptar bien esa decisión, y puede llegar a ser un calvario, sobretodo para una mujer. Quizá por ello las excusas, pero realmente no son necesarias.

Para una mujer, a no ser que tenga las ideas muy claras desde siempre, puede ser difícil. Los hombres pueden tener ilusión por tener descendencia, pero a la mujer le traiciona su propia condición y, en según qué momentos, las hormonas pueden ser su peor enemigo. Es habitual que una misma mujer pase diferentes etapas en pocos años de su vida: un día puede desear tener hijos, fijarse en todos los cochecitos de bebé y todas las mujeres embarazadas, y días después no quererlos ver ni al otro lado de la calle. Aquí es donde choca el Yo con la tradición o instinto, pero hay más. Independientemente de si la mujer desea tener hijos, o no en ese momento, o nunca, hay una particularidad que comparten la mayoría, y es el mirar a un hombre e imaginar cómo serían sus hijos. No importa si es su pareja, un amigo, un desconocido… Ni siquiera tiene que forzarse a pensar en ello porque la mente lo hace de forma casi automática, tratando de imaginar cómo saldría mezclando mentalmente los genes del hombre con los de ella.

Todos conocemos personas que desearon desde siempre ser padres y disfrutan o han disfrutado de la crianza, e incluso repetirían, pero aún más conocemos a personas que parecen infelices con su familia, y tememos vernos en la misma situación: la de un prisionero emocional.
Pero debemos recordar de que en esto también influye mucho las costumbres y el modo de verlo de la población local. En algunos lugares lo corriente es tenerlos temprano, cuando más energía se tiene, y se ve normal. Pero en otros países, como en España(o regiones de ésta) todo se ha visto como una prisión: casarse, tener una casa, tener hijos… Crecemos escuchando miles de chistes sobre la mala suerte que tiene Fulanito porque ha preñado a Menganita, o porque se ha casado, etc. Eso es lo corriente aquí.

También conocemos personas que no son padres y parece que se les daría muy bien, al igual que otras personas que tienen hijos y vemos claramente que no estaban preparadas de ninguna de las maneras ni lo estarán nunca.

Tener hijos es toda una experiencia, una etapa de tu vida que se transforma con el paso del tiempo. No sólo estás conociendo a esa nueva persona e influenciando potencialmente sobre ella, si no que también te estás conociendo a ti mismo. Enseñas, y ellos te enseñan.

Pero no todo es siempre tan bonito, y ni todos nos sentimos igual, ni valemos del mismo modo como padres(sin contar con el carácter de la criatura), y todos esos momentos pueden verse ensombrecidos por amargura, llegando a tomarlo como un trabajo rudimentario y, a pesar de quererlo, odiar nuestra existencia. Estar por estar, porque se supone que debes hacerlo.

La pregunta es: ¿Pensaríamos o sentiríamos del mismo modo si no hubiéramos vivido en una sociedad de sobreconsumo individual y no fuéramos prisioneros a cada mínima «atadura»?

 

No siempre es fácil encontrar lo que uno quiere, aceptarlo y sentirse bien con ello. A veces cuesta saber cómo queremos vivir. Pero, desde luego, es mejor que la incertidumbre, de la cual pocos son los que pueden decir que han dejado atrás.

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