Lujuria en castidad

Recuerdo mi infancia en aquél colegio con cruces en las pareces, con uniformes, pupitres perfectamente lineados; tiempos de rostros sin maquillaje y cabellos sin teñir. Allí, en ese edificio, reía y estudiaba feliz, sin complicaciones. Era tan sencillo seguir las reglas, conseguir el amor de Dios… Pero empezaba a no ser una niña, empezaba a sentirme culpable. Desviaba los ojos a mi mayor confidente y amiga, y no me hubiera preocupado tanto si no hubieran sido miradas recíprocas. No sabía exactamente qué, pero mi corazón se desbocaba, su perfume llegaba a mí desde la lejanía. No supe bien qué pasaba hasta que, en su habitación, hablando de tonterías y ojeando revistas, me acarició suavemente la mejilla, y fue acercándose mientras permanecía inmóvil, perpleja, con temor pero deseo, hasta que sus labios rozaron los míos. Me miró un segundo, y volvió a hacerlo. Supe que estaba mal cuando noté un ardor bajo mi falda: no era desagradable, pero sí desesperante. Cuando volvió a mirarme me percaté de que había colocado una de sus manos en mi pecho; ni siquiera me había dado cuenta de cuándo la había puesto, pero me excitaba. Me levanté de golpe, confusa, diciendo que estaba mal, que no podía ser, que no debíamos volver a vernos o acabaríamos en el infierno. Me fui corriendo de esa casa, pero no pude librarme de ella, ni en el colegio, ni en mi mente.

Me repitió tantas veces que me deseaba… me escribía cartas señalando que ansiaba poder tener su cabeza entre mis piernas, recorrer todo mi cuerpo con su afilada lengua… Después de leer semejantes notas, tenía vergüenza de levantarme de la silla.

Todas las noches rezaba para curarme de su veneno, traté de forzarme a tener fijación por algún hombre digno, pero sólo ella ocupaba mis pensamientos. Me ardía tanto, tanto por dentro… Mis manos bajaban inconscientemente, y cuando me daba cuenta volvía a subirlas y agarraba fuertemente el rosario. Quería ser pura, quería ser una buena chica, que me aceptaran en el cielo, y sabía que ella era mi perdición. Trataba de acorralarme en los pasillos y en las aulas, y yo sólo… sólo quería besarla, abrazarla, quitarle la ropa, yo sólo… quería salir de allí, quería salvarme.

Un tiempo después ella se mudó y no volví a verla nunca más, excepto en mis sueños, donde me desnudaba y no existía ni Dios ni Virgen.

Pareja teniendo sexo
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