Cuando crees que amas, pero en realidad mueres

Este desgarrador relato no es mío, es el testimonio de una mujer que, desgraciadamente, poco después de copiar y corregir su relato parece que lo eliminó de la fuente original. No da detalles personales, no da pistas de quién es, y por eso es tan bueno, tan real: porque es el fiel reflejo de la vida de demasiadas.
Son muchas las personas que se preguntan cómo demonios alguien puede terminar en una relación tan tormentosa, cómo pueden ser «tan tontas», y la respuesta nunca es sencilla, pero a mí me gusta compararlo con una enfermedad porque, al fin y al cabo, cuando sufres una enfermedad mental nunca eres tú al cien por cien, y no siempre puedes pasarla sola.

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Maltrato psicológico
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Existe un maltrato que no se ve, que no se cuantifica, que no se valora porque no deja marca y no sangra, que no sale en las noticias y por eso se castiga menos o no se castiga, pero que doy fe de que existe, que destruye lentamente, que aniquila el ser, que corroe el alma y que deja secuelas graves para toda la vida, que mata por dentro.

Es el maltrato de la violencia psicológica; el que comienza ignorándote, impidiendo que te expreses, que seas tú, que seas persona. Un maltrato que viene de quien ha decidido incluirte en una espiral de dominio de la que no te pueda sacar ni Dios. Y en ese afán de supremacía machista él siempre encuentra tu error, tu fallo, tu defecto, tu problema, y te lo hace ver de forma delicada, cariñosa y sutil, pero con contundencia. Y acabas creyéndotelo…
que si no sé cocinar, ni comer, ni vestir, ni hablar, ni leer… ni siquiera sé organizar mi tiempo, que tendrá que hacerlo él por mí, que menos mal que está él para arreglarme la vida…
Y tú no puedes protestar, no puedes ni siquiera hablar, porque a él no le gusta que se le contradiga: se enfada mucho y se violenta y a ti no te gustan sus enfados. Y notas que tanto cariño por parte de él parece como si te hiciera daño, y comienzas a plantearte que algo «raro» está pasando en la relación. Pero no la rompes, ¡porque él te quiere tanto…!

Día a día vas cediendo parcelas de poder y él te va ganando terreno, manipulando, controlando, se va metiendo en tu vida, en tu trabajo, en tu ropa, en tu listín telefónico, en tu correo, en tus amistades, en tu cuenta corriente y, pasito a pasito, hasta en el último rincón de tu pensamiento, pero con una sutileza, con una finura que te crees que es normal y cuando te das cuenta ya está metido hasta la médula. Y todo esto, enmascarando de amor todos sus reproches, sus golpes bajos, sus humillaciones, sus asaltos emocionales, sus ataques a tu autoestima, y una actitud que oscila entre el control y el acoso, entre el asedio y la persecución… y entonces comienzas a desesperarte porque tu seguridad y tu firmeza se tambalean. Ya no sabes a qué atenerte, no sabes qué creer. Si a esto le añadimos sus mentiras, sus contradicciones, su falta de claridad, su ambigüedad, sus enrevesados argumentos, su mudo desprecio por las personas, su frialdad al verte llorar, su insensibilidad ante tu sufrimiento en una perfecta armonía con su derroche de amor, su extraña manera de quererte tanto… surge una situación que te traslada a un mágico y a la vez incómodo mundo del que preferirías salir, alejarte, pero no sabes cómo, porque sabes que él te tiene atrapada y esclava con la férrea cadena de su amor.

Cuando él entra en casa lo examina todo pormenorizadamente e incluso cuenta los cubiertos sucios que hay en el lavavajillas tratando de encontrar una prueba de una imaginada infidelidad que siempre encuentra justificada. Magnifica cualquier pequeño detalle pudiendo por ello desencadenar la peor batalla de celos de toda la historia. Y sigue rastreando hasta encontrar una justificación para el reproche o la bronca que vendrá después.
Y ya, nunca más estás relajada, y la ansiedad te invade, el ambiente se carga de tensión y tienes que medir las palabras, los gestos y hasta las miradas, porque analiza cada una de ellas.
Y te llenas de angustia y no quieres ni moverte no sea que no le guste como te sientas… no sea que se enfade, y te das cuenta de que estás incomodísima en su presencia y te gustaría que se fuera a su casa, que te dejara sola, pero nunca se va cuando tú lo deseas: él se irá cuando tu más lo necesites, cuando menos lo esperes.
Y ya nunca más eres tú, ni siquiera en tu propia casa. Él siempre evaluándote, juzgándote y, por supuesto, condenándote: “¡Culpable! ¡Culpable!  ¡Culpable! “

No sabes que está pasando, ni a quien decírselo. ¿Quién te iba a entender?  Si mis amigas me envidian por tener de pareja a un hombre que me quiere tanto… Y no sabes qué hacer, ni sabes a dónde acudir, pero sí sabes que tienes miedo.

Cada vez eres más pequeña, más insignificante, eres inútil, marujona y barriobajera que no has evolucionado nada y sientes que no vales lo suficiente para un hombre como él, que bordea la perfección. No tienes derecho a hablar, porque tú no eres nadie y lo que vas a decir no tiene valor y no puedes terminar tus frases, las termina él, porque él –que es más listo que nadie- sabe el final de todas tus frases y te interrumpe cuando hablas porque tú eres muy lenta y no le interesa lo que vas a decir. Pero tampoco le gustan tus silencios y así te reprocha ambas cosas. Eso sí, te obliga a escucharle su interminables monólogos, lentos, pesados, detallados, pretenciosos, manipuladores y con sugerencias envenenadas que te dejan sin respiración porque él sabe como nadie darte una puñalada verbal en un costado y dejarte sangrando y sin respiración, sabe como nadie poner violencia en una mirada, en un gesto, sabe matar sin armas…

Cada vez te sientes más triste, más aislada, más sola, porque va negando tu personalidad, tu vida, tus pensamientos, tus sentimientos, y notas que a su lado, no eres nada y te vas empequeñeciendo, anulando y consumiendo porque has entrado en un mundo de lágrimas y soledad donde sólo habitas tú.

Y cuando ya no puedes más le haces ver que su comportamiento te daña, pero por eso también se enfada, se enfada por todo, porque es muy sensible y dice que lo que él hace es absolutamente normal, que eres tú la que está trastornada, que estás desequilibrada, que estás loca y tantas veces te lo dice, que te lo crees y vas al psicólogo a pedir ayuda para tu locura, a explicarle tus miedos y comienzas con los ansiolíticos, pero que en realidad no deseas curarte, sólo deseas salir de esa espiral de destrucción a donde te ha llevado él con su amor infinito.
Deseas irte lejos de él, salir volando, sola. Pero él te tiene atrapada, prisionera. Ya no puedes ni respirar si no es con su permiso y sigue controlando y analizando absolutamente todos tus movimientos y eso te pone cada vez más nerviosa.

Y un buen día, da igual que sea porque el café no le gustó o por otra de sus innumerables escenas de celos o por nada, da igual; se caldea el ambiente, se despoja de todas sus cualidades de caballero y se prepara para montar el espectáculo:
Gritos, maldiciones, descalificaciones, amenazas y vejaciones a tal nivel de degeneración que te parece mentira que vengan de quien tanto te quiere. Y da miedo mirarle a la cara y ver esos ojos llenos de fuego y de odio, esos labios profiriendo los más bajos insultos, las más miserables de las acusaciones mientras la barbilla le tiembla de ira y le brota el rictus facial de quien tiene intenciones criminales… y mientras cae esa lluvia de violencia sobre ti, te agachas en un rincón del salón, con la cabeza entre las manos, como un animalito apaleado, llorando en silencio para no desbocar más a la fiera que tienes frente a ti… y con el alma rota, muerta de pena y de miedo, sin entender nada de lo que está pasando, sólo quieres desaparecer, que te trague la tierra de una vez y te da más vergüenza y más asco de ti misma, de él, de las circunstancias por llevarte a esto, por verte así, y te empequeñeces todavía más hasta sentirte como un asqueroso gusano digno únicamente de ser pisoteado.

Al día siguiente viene llorando, pidiendo perdón y prometiendo que a partir de ahora todo va a ser distinto: te pide recomenzar porque no puede vivir sin ti, que lo eres todo para él, que no soportará tu abandono. Y te abraza como nadie te abrazó y vuelve a besarte con una ternura como nadie te besó y vuelves a creerle y vuelves a creerte también que nadie te querrá más que él… y vuelves a engancharte, porque tiene sobre ti un poder casi mágico que tú tampoco entiendes, porque nunca nadie te explicó que amar fuera tan complicado, tan doloroso. Y tú, una vez más piensas que su mal tiene cura, que puedes ayudarle. Pero pasan los días, las semanas, los meses, y nada varía. Los espectáculos se repiten y cada uno supera al anterior y cada vez con mayor frecuencia.
Hasta que un día, desesperada, rota, cansada de vivir, empiezas a pensar en el suicidio…

 

LENA, 27 de junio de 2010

Una respuesta a «Cuando crees que amas, pero en realidad mueres»

  1. Un relato conmovedor, real como la vida misma, ojala más mujeres se diesen cuenta de que la vida es algo más que tener un hombre a su lado.
    La vida es conocimiento y respeto por uno mismo, empecemos por querernos y respetarnos. El amor llega cuando tú te amas

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