Todavía soy joven

Joven y anciana
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El culto a la eterna juventud. No hay nada más bello. Pero no tenía pensado hablar sobre «lo bello», si no sobre un sentimiento general que parece haberse extendido y que no sé muy bien cómo explicarlo.

¿Te ves realmente como una persona adulta? 

A mi edad, mi madre llevaba muchos años trabajando, y ahorraba dinero para su boda. Sin embargo, yo no noto demasiada diferencia a cuando estaba en el instituto. Sé que soy mucho más madura, pero no me acabo de despegar de ese «sentimiento adolescente». La realidad es que soy joven, pero adulta. Y sé que no soy la única que piensa y se siente así.
Hechos como casarse, tener hijos, son cosas que las vemos muy, muy en la lejanía. Casarse a los treinta, dar a luz a los treinta-y-cinco… Mientras no sea antes, es normal.

Hay muchos motivos para este cambio. Para empezar, resaltar el cultural. No es lo mismo en todas partes. En Rusia, por ejemplo, es corriente casarse antes de los veinte, y está mal visto tener más de veinticinco y no tener, al menos, el primer hijo (hablo de pensamientos populares, no que todo el mundo sea así). Pero nos vamos a centrar más aquí.

A medida que pasaba el tiempo, en las últimas generaciones, las cosas fueron torciéndose. Casarse es muy caro, cada vez más caro. Hoy día, se necesita pedir un préstamo para ello. Antes, con un sueldo, podías mantener a tu mujer e hijo. Ahora, con el sueldo de los dos, tienes dificultades para cuidarlo.

A parte del evidente problema financiero que vemos todos los días y empeora, tenemos el logro de la mujer trabajadora. «¿Y eso qué tiene de malo?», pensaréis. Pues nada, no tiene nada de malo. Lo malo son las personas. Hemos pasado de mirar mal a las mujeres que trabajaban, obligarlas a estar en casa y que estuvieran encerradas como un pajarito, a mirar mal a la mujer que elige quedarse en casa y criar a sus hijos. Esto también es aplicable al hombre, por supuesto. Hay hombres que les encantaría dedicarse a la crianza de sus hijos mientras su mujer o cónyuge les mantenga. Pero esto está mal visto. Los vemos como vagos, cuando precisamente el trabajo de criar a los hijos es de los más agotadores, porque tu jornada nunca acaba. Eres quien le alimenta, eres su primer profesor, eres quien le enseña los valores con los que tú mismo has crecido y madurado, eres el modelo que tiene para un día ser alguien que también formará a otro como él, y debes asegurarte hacer bien ese trabajo. Pero esto es algo que hoy no se ve. Han olvidado la libre elección, ha invadido la idea de que dedicarte a eso es un sinónimo de estancar tu vida, de tirar por la borda todo lo que has estudiado y aprendido, de una persona sin aspiraciones ni sueños, de alguien vago. Y lo peor es que incluso las personas que realmente desean vivir así, acaban creyéndolo.

Por supuesto, he obviado el hecho de que hoy día(bueno, en realidad siempre) la mayoría de familias no puede permitirse el no trabajar. No es en el tema económico donde me quiero centrar ahora mismo, aunque tenga relación directa.

La cosa es que, la incorporación de la mujer al mercado laboral, las dificultades para lograr una estabilidad emocional y profesional de cada uno, hacen que nuestras prioridades cambien y que la progenie llegue cada vez más tarde.

Entre los veinte y treinta años nuestra ambición máxima se centra en: tener trabajo; tener pareja; independizarse. Y me aventuraría a decir que para muchos las dos últimas tras los treinta.
No hablo sobre que no hay dinero(causa principal), si no de una especie de despreocupación, un leve enjuague cerebral que, poco a poco, nos han ido inculcando, haciéndonos ver que somos jóvenes cada vez más tiempo.
¿Para qué queremos casarnos a los veinticinco, o tener hijos pronto? ¿Para qué independizarse aún? ¿Es que quieres tirar tu vida por la borda? No debes preocuparte, no necesitas tanto dinero, preocúpate sólo de ti. No pasa nada si no tienes trabajo a los veinte, es normal, eres muy joven, no deberías pensar en esas nimiedades, sólo te amargan la vida. ¿Sabes qué deberías hacer? Beber, beber y salir, ¡gasta!. Eres joven, bello, te mereces pasarlo bien. Ya tendrás tiempo de preocuparte cuando tengas los treinta, no ahora. Todo va bien, disfruta.

Quienes siguen en su pequeña burbuja joven y estudiantil son incapaces de ver lo que se les viene encima. La mente humana es maravillosa, puede mantenerse joven siempre si te lo propones, hacerte volar, pero tu cuerpo no. Estamos biológicamente condenados.
La edad más fértil y sana de la mujer para procrear es entre los veinte y los treinta. Tras esa edad, se reduce un 15% las probabilidades de concebir, y tras los treinta-y-cinco vuelve a reducirse significativamente, además de que empieza a ser peligroso. A partir de ahí, cada año que pasa aumenta más y más los riegos de aborto, embarazos peligrosos, deformidades, enfermedades…
Hoy día es muy habitual que una mujer de cuarenta años se plantee tener su primer hijo (normalmente in vitro, ya que es muy poco fértil). ¡Su primer hijo! Muy posiblemente esa mujer jamás verá un nieto, quizá se jubilará antes de que su hijo acabe la universidad, por no hablar de la energía que hay que emplear y que a esas edades falta.

Personalmente, no me veo preparada para tener hijos y, probablemente, en diez años tampoco me veré. He crecido con esta extraña sensación compartida por cada vez más gente. Ese pensamiento que hace que no veamos tan malo el no tener dinero para costearnos lo que vendría a ser algo tan básico e instintivo.

Con esto no quiero decir que todos debiéramos tener hijos pronto, para nada. Hay gente decidida a no tener nunca un vástago, y es totalmente respetable. Estoy diciendo que debemos ser conscientes con el cuerpo que tenemos, que no vamos a vivir para siempre, y que muchos no somos tan jóvenes como creemos. Es importante diferenciar la sensación, el pensamiento colectivo, del verdadero motivo.

Ser adulto no significa dejar lo que te guste o dejar de ver a tus amigos. No significa que tu vida se convierta en algo aburrido. Significa simplemente que has crecido, te has desarrollado. Posiblemente tomarás decisiones más difíciles y adquirirás más responsabilidades sin apenas darte cuenta, pero eso es algo por lo que llevas practicando y errando toda tu vida. Tendrás menos tiempo para dedicarte a todo lo que habías conocido hasta entonces, es cierto, pero seguirás siendo la misma persona, te gustarán las mismas cosas, y posiblemente digas las mismas tonterías.
Lo importante es que te guste lo que vives, que te sientas bien. El resto no importa.

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