Vuelta en coche

Coche en la carretera
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Volvían en coche, habían salido antes de lo previsto de la cena de ex-alumnos. El silencio era continúo, parecía que no pasaran los minutos. Ella le miraba de reojo, cabizbaja; él miraba al frente, podía notarse su ira sólo con mirar sus manos sujetando el volante. Fue entonces cuando ella decidió romper el silencio.

– Cariño, lo siento… yo sólo…

– Calla, siempre dices que lo sientes, no aprendes nunca.

– Lo  siento, de verdad, yo pensé que…

– Ahí está el problema, “yo pensé”. ¿Por qué será de que siempre que oigo esa frase es porque antes la has cagado? Sería mejor que no pensases.

– ¿Cómo puedes decirme eso? Era sólo un antiguo compañero de clase, éramos muy amigos.

– Sí, ya he visto cuánto, que no te quitaba el ojo de encima.

– Es normal, estábamos hablando, no iba a mirar al techo…

– Parece que no te quieres dar cuenta de las cosas, es que a veces pareces tonta. ¿No has visto cómo te miraba? Y venga, tú dándole conversación.

– Pero si estabas hablando con el grupito de pijas.

– No es lo mismo, yo sé controlarme, tú en cambio eres demasiado débil.

– ¿Demasiado débil para qué? ¿Para hablar con otro tío?

– Para dejar que te mangoneen, y para colmo vas contando nuestras cosas.

– Sólo le dije que tenemos nuestras peleíllas, cosas superficiales… Pero que nos queremos mucho.

– Ya, y yo me lo creo. ¿Cuándo vas a hacerme caso? Cierra la boca de vez en cuando.

– Pero si tú me criticas día sí y día también.

– ¿Y no tengo razones? A veces pienso que no te importo, que lo que quieres es joderme. Un día me llevarás a la desgracia.

– Hablas como si fuera la culpable de todo.

– ¿Y no lo eres? ¡Pero qué tonta! Es la última vez que salimos a ninguna cena. Siempre igual, joder, creí que te serviría de buen ejemplo, que te contagiaría mi madurez, pero veo que me equivocaba, eres tonta, inmadura.

– No me digas esas cosas, por favor… Sé que no he sido la mejor esposa que se pueda tener, pero hago todo lo que puedo para mejorar.

– Y una mierda, nunca has hecho nada por mí ni por la relación, siempre lo tengo que hacer yo todo, y te digo lo que me sale de los cojones, ¿queda claro?

Ella volvió a quedar cabizbaja, recordando, mientras caían sus lágrimas, todas las veces que la humilló: la vez que la encerró con llave en su propia casa para asegurarse que no quedaba con ningún otro hombre, la vez que le obligó a tirar toda aquella ropa que marcaba su figura femenina, la vez que le limpió su agenda telefónica, cuando empezó a llevarse el modem al trabajo para asegurarse de que no contactaba con nadie más en su ausencia. Recordó la vez que abandonó a sus amigos y a su familia para que no volviera a gritarle. Recordó la primera vez que le levantó la mano…

– Eres un hijo de puta… -le dijo con la voz temblorosa y la cara empapada-.  No eres más que un creído, un hombrecillo patético que manipula para sentirse alguien.

– ¡¿Qué me has llamado?! – se giró a ella levantando la mano para golpearla. Ella trató de defenderse empujándole, haciendo que el volante girara de forma brusca y un coche en dirección contraria les embistiera.

Su tormento quedó enterrado con ella, y sobre la tierra se oían los lamentos de su marido, después de tan solo tres días ingresado en el hospital.

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